Cuba a través de los
ojos de una joven europea
Mi primera gran travesía
la hice con 20 años y sola. 2008 había sido un año muy duro para
mí, pues tras el frío invierno una meningitis brotó en mi
interior. Por suerte, unos meses después, con el aflorar de la
primavera, me recuperé completamente. Con la llegada del verano mi
madre se negó a que trabajase toda la época estival, me dijo
“¡Sarah!, vete lejos estas vacaciones, no pienses solo en el
dinero.... Mira, hacemos una cosa... Yo te pago el billete y tú te
ocupas de los gastos de tu estancia”.
No dudé en aceptar, tras
contemplar el globo terráqueo durante horas, mi selección final se
quedó en tres países: China, para ver el eclipse solar total de
agosto, Argentina y Cuba, pues me apasionaba la historia
revolucionaria de ambos países. Descarté China, por barrera de la
lengua y Argentina porque no me apetecía pasar otro duro invierno,
¡Me quedé con Cuba!. Además mi madre ya había estado allí varias
veces y tenía una larga lista de contactos, por lo que no estaría
completamente sola en la isla durante el mes de julio.
Solo me atreví a ojear
la guía una vez en el avión, pues no quería arruinar mi primera
reacción a Cuba, ya que quería que fuese lo más “pura”
posible. Lo único que había buscado en Internet, eran palabras y
frases hechas cubanas, para poder integrarme rápidamente, sabía que
“Asere” significaba amigo, “Guagua” autobús “Guagüero”
conductor de autobús, y cosas así. La razón por la que abrí la
guía fue para buscar la dirección de un hotel, ¡No hombre!, no
estaba tan loca como para irme al otro lado del océano sin un
alojamientos. Al contrario, necesitaba buscar un tapadera, pues le
había alquilado un estudio a Laura, y era ilegal quedarse en casa de
cubanos. En el papelito verde que me dieron en el avión puse el
nombre del hotel más caro, el Nacional, con vistas al mar.