La parte más salvaje de Santorini

En busca de la puesta de sol perfecta





Seguro que has visto más de mil veces la postal de Santorini, casas blancas e iglesias con techos azules que se funden con mar. Lo que no sale en la foto es la parte de atrás, millones de turistas instagramando sus selfies o la cantidad de fotobook de bodas que los chinos se hacen, sí, en China está de moda ir a las islas griegas de luna de miel con el vestido de novia en la maleta.



Ya sabéis que a mí me gusta descubrir lo no escrito en las guías y suelo evitar quedarme en las partes más "Disneyland" o turísticas de los sitios. Es por ello que decidí ir de Firá hasta Oía a píe, diez kilómetros de recorrido por un caminito de tierra a través de la isla volcánica en busca de la "supuesta" puesta de sol más bonita del Mediterráneo. Yo me alojaba en Karterados, un pueblicito en la periferia de Firá, por lo que la caminata hasta Oía fue un poco 
más larga para mí, pero saliendo desde Firá son, 9.5 kilómetros.



He de decir que el centro de Firá me agobió un poco, es donde está el puerto para los cruceros por lo que hay mucho turismo de postureo. Por ejemplo, una americana emergió de una cuesta roja como un tomate y me dijo: "Por favor, sácame una foto antes de que me dé un ataque al corazón por haber subido la cuesta hasta aquí....no tengo mucho tiempo, mi barco se irá pronto", me entraron ganas de decirle "Señora, usted está loca, ha recorrido miles de kilómetros para llegar hasta aquí, tome una bocanada de aire fresco y disfrute de la vista ....déjese de fotos" pero en vez de decir eso sonreí y le eché unas cuantas fotos con su Iphone.




Pero en cuanto empecé a subir las empinadas cuestas de la ciudad hacia el norte, los turistas empezaron a desvanecerse y tomó más fuerza el blanco alcalino de las casas, el azul del mar y el cielo y el rojo de los geranios. Poco a poco, las casas empezaron a disiparse también y en el camino de tierra solo quedó el acantilado, los diversos colores de los montículos volcánicos, las flores amarillas y cardos espinosos.



Ahí es donde sentí el flechazo con Santorini, rodeada de la naturaleza, sintiendo la brisa marina, el calor del sol en la espalda y observando como las casitas blancas ahora parecían nieve en lo alto de las montañas.

La caminata en si no tiene mucha dificultad, hay que subir dos cuestas y el camino está en buenas condiciones, el mayor desafió es enfrentarse al sol, a principios de junio corría una refrescante brisa marina, por lo que con mucha agua la caminata no se hizo muy pesada....pero no sé yo si la haría en pleno agosto.

Cuando por fin alcancé Oía, cuatro horas después (he de confesar que me paré mil veces para hacer fotos), sintiéndome como una campeona por haber atravesado la parte Norte de la Isla a píe, un enorme helicóptero empezó a sobresaltarme, levantando tal cantidad de polvo que me tuve que esconder entre los arbustos, esperando ver como mínimo al presidente de Estados Unidos o a alguna celebrity. Al levantarme de entre los matorrales vi que solo salían de aquel artefacto más turistas con cámaras, en ese momento la magia adquirida durante todo el trayecto se derrumbó. No os vayáis a creer que Oía, es fea, al contrario, es un pueblo precioso, pero como el anterior está repleto de novios haciéndose fotos, grupos que no te dejan caminar por las calles y eso que era temporada baja ....ni me quiero imaginar en temporada alta.

 
Atravesé las casas blancas y llegué a la playa, para mi sorpresa la playa estaba desierta, pero lo que más me sorprendió que fuera monocromática, me explico, la playa estaba recubierta de piedras negras, pero las paredes del acantilado eran blancas. Tras un chapuzón en la refrescante y trasparente agua del mar Egeo volví a encontrar paz y el silencio en la isla. Y mirando nerviosamente el reloj volví a subir al "mundo real" pero en vez de meterme de lleno en el pueblo y pelar por un espacio decente para ver la puesta de sol, decidí verla desde una explanada, que estaba llena de gente, pero había suficiente espacio para todos. 

El espectáculo comenzó y las cámaras empezaron a clicar, entonces comprendí donde se escondía la magia de este atardecer, la belleza se la da las islas en el horizonte.



Al terminarse el espectáculo atravesé de nuevo el pueblo en busca de la estación de autobús, y tuve la suerte de que el bus (1.40€) justo reclutaba a turistas cuando llegué, hasta me senté y todo. Hacía tiempo que no me subía en un bus tan lleno, me recordó a cuando viajaba como mochilera por Centroamérica....solo que en vez de locales el bus estaba repleto de asiáticos. De vuelta a Firá, devoré unos Gyros, por 2.30, eché un último vistazo a las casa de noche y volví a mi habitación agotada, pero lista para madrugar al día siguiente y descubrir la parte sur de la islas en cuadriciclo.