Las “pacíficas” olas del Tunco


Un surfista me salvó la vida








Qué irónico, pensé mientras luchaba con las agresivas olas del Océano Pacífico. Intentaba mantener la calma y no gritar, para no atraer hacia dentro a mi amiga Lidia, que estaba consiguiendo salir de la corriente. Pensé en dejarme llevar por la corriente mar a dentro, que es lo que se supone que se tiene que hacer en estos casos, pero me aterrorizó la idea de vagar por los más de 15 000 km del océano más grande del planea o de toparme con un hambriento grupo de tiburones. Opté por relajarme e intentar nadar con fuerza en las crestas de las olas, pero cada vez que la ola retrocedía me alejaba más y más de la orilla.
                                                         

Llegamos al Tunco un día antes, una playa de gran belleza no sólo por los cuerpos de los y las surfistas, sino también por una curiosa formación de rocas que surge en la costa que hace muy peculiar las puestas de sol. Esta costa es conocida por sus fiestas, hogueras nocturnas, pero sobretodo por sus olas, que pueden llegar a alcanzar los seis metros de altitud. El Tunco está a sólo una hora de San Salvador en colectivo o minibus, cuestan $1,5 y pasan cada veinte minutos desde el parque Bolívar.

Ya no podía más, desde lo alto del oleaje pude ver a mi amiga hablando con unos surferos que me apuntaban con el dedo. Vi como un fuerte pelirrojo se metía en el agua con su tabla, nadó rápido hacia mí, y cuando estaba a mi lado gritó “¡Agárrate fuerte!”, anclé mis dedos a su tabla y noté como me empujada. Qué sensación más maravillosa la de volar por encima de las olas a gran velocidad. Miré para atrás, él nadaba como si nada. 

Unos segundos más tardes llegaba la orilla, un grupo me rodeó y preguntó si estaba bien, “Sí, sí,.... qué susto”, contesté buscando a mi salvador, le dí las gracias y me disculpé, pues al llegar a la orilla noté como la rocas chocaban con su tabla. El superhéroe irlandés actuó como si nada, parecía que para él salvar a una chica en apuros era algo cotidiano, mientras que sus amigos estaban más preocupados por los daños de la tabla (unos rasguños) que por la proeza de su amigo. Yo, aún en shock, observé como se iba mientras resonaba el ruido de las olas en mi cabeza.

A la mañana siguiente, para no cogerle miedo al mar, decidí iniciarme en el surf... nuca se sabe tal vez me convertiría en una heroína yo también. Alquilé una tabla por $ 15 y contraté una hora con un profesor privado, un surfista salvadoreño, por 10 dólares la hora. Al principio todo salió muy bien, pues básicamente él me llevaba hasta el horizonte y me daba impulso cuando una ola llegaba.

Pero cuando me quedé solas, todo cambió, de repente no podía ni meterme unos metros dentro del mar, las olas me rebozaban cual croqueta y el divertido surf, se convirtió en un a lucha cuerpo a cuerpo con mi tabla. En el primer asalto la tablan, con su roce, me arrancó tres lunares del cuerpo, luego me tiró de su lomo, me dio la vuelta y me hizo caer en su aleta; marcándome la pierna con un enorme moratón y finalmente me noqueó en el centrifugado de una ola dándome con tal fuerza en la cara que me fisuró un diente.

Aún así, no me dí por vencida y empecé a surfear en grupo. Pero al dar impulso a la tabla de mi chico, el cual estaba echándose la siesta cuando casi muero ahogada en el océano, la cuerda que conectaba su tabla con su pie se enredó alrededor de mi cuello. Ahí estaba, nuevamente hundida en las aguas del Pacífico, sin aire y sin ningún control sobre mi cuerpo. Fue en ese preciso momento cuando decidí abandonar mi carrera como surfista.


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